PRÓLOGO

Ser bueno ¿quién no lo desearía?

Pero sobre este triste planeta,

los medios son restringidos.

El hombre es brutal y pequeño.

¿Quién no querría, por ejemplo,  ser honesto?

Pero ¿se dan las circunstancias?

¡NO! Ellas no se dan aquí.

                                      Bertolt Brecht ( “Canto de Peachum” La ópera de tres centavos)

EXTRACTOS DEL PRÓLOGO TITULADO “LO QUE FALTA POR HACER”  DE BALTASAR GARZÓN

En el caso de la lucha contra la delincuencia organizada, adaptarse no es suficiente, hay que anticipar los cambios que se van a experimentar para poder combatirla. Sin embargo, no se ha hecho ni una cosa, ni la otra. “Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas”. La cita de Mario Benedetti que hacen los autores refleja a la perfección cuál es la consecuencia de la no anticipación; los mecanismos que tanto ha costado  elaborar han quedado obsoletos.

Como bien dicen los autores de este excelente libro, Carlos Tablante y Marcos Tarre, ya no estamos ante “cárteles” estructurados y jerarquizados: hablamos de organizaciones difusas, sin una jerarquía clara y más bien con estructuras horizontales, lo que hace más difícil su detección y su persecución. La ONUDD argumenta que “ya no es un grupo de personas sino un grupo de actividades ilícitas”. La idiosincrasia ha perdido importancia y ninguno de los miembros de la organización resulta imprescindible. La sustitución en las responsabilidades en una organización o grupo estará en función de la eficacia de las acciones policiales en desmantelarlas. El crimen organizado, ha vuelto a sus orígenes, curiosa paradoja, para reforzarse y, mezclando actividades legales e ilegales, evitar operaciones excesivamente aparatosas y visibles que lo hagan más vulnerable. Por ello, la acción se va a realizar en forma asociada para casos concretos, actuando de forma discreta y a través de pequeñas redes asociadas.

La falta de visión llega hasta el punto de pensar que el crimen organizado no existe o se puede convivir con él en una especie de cohabitación inmoral e ilícita. La permisividad por parte de un Estado en la expansión del fenómeno o la connivencia con el mismo pueden suponer a medio y largo plazo la desaparición del propio Estado o el riesgo de una inseguridad generalizada que acabe con la sociedad y la convivencia democrática. El ejemplo mexicano y, previamente, el italiano, o el de otros países del Este europeo, o los más próximos, territorialmente, como los de Colombia o Bolivia en su momento y los de Honduras, Guatemala y El Salvador, en la actualidad, con índices de impunidad de hasta 92%, son buenos ejemplos para demostrar lo que puede suceder cuando las instituciones del Estado permanecen silentes e inactivas o permiten  acciones que horadan los propios pilares del sistema democrático y del Estado de derecho.

La cuestión que debemos plantearnos, y de ello se trata en este libro imprescindible para la comprensión del fenómeno, es si en Venezuela, a pesar de la pronta aparición de casos de este tipo, esa visión global está lo suficientemente instaurada y se aplica en las estrategias de lucha contra la delincuencia organizada.

En este sentido, la respuesta no es positiva porque podría decirse que este país casi se ha aislado del resto de la comunidad internacional a la hora de abordar esta lucha y ello conduce a la práctica imposibilidad de obtención de resultados positivos. Hoy en día no puede plantearse la lucha contra la delincuencia organizada en forma exclusivamente local o aislada, sin cooperación internacional, tanto judicial y policial como administrativa y política. El intercambio de información e inteligencia es absolutamente indispensable para combatir un fenómeno de dimensiones globales.

El escenario se complica en forma exponencial por la confusión de fronteras entre lo lícito e ilícito, lo irregular y lo correcto, la actuación del Estado y sus instituciones como facilitadoras de la economía en conexión con el sector privado y la relajación de los controles de aquellos ámbitos especialmente sensibles.

La corrupción no ha dejado de existir porque no se hable de ella. Por el contrario, lo sucedido en muchos países es que aquellos que la practican se han hecho más expertos y han abandonado la bandera negra con la calavera pirata por el estuche negro del ordenador, y la maleta con ametralladora por el maletín de ejecutivo, consiguiendo, eso sí, un nuevo triunfo: que se deje de hablar de ellos, de modo que no se perciba su penetración en consejos de administración de grandes empresas y organismos multilaterales contribuyendo al lavado de activos procedentes de los más variados sectores de la criminalidad con impunidad de sus conductas, aplicando trabas a cualquier tipo de investigación contra las mismas.

Los jueces deben tener un papel protagónico en la lucha contra la corrupción. Desgraciadamente, en muchos países el sistema judicial es el capítulo más desatendido del Estado y el poder que ejercen los jueces no se corresponde con la autoridad ética que deberían tener para convencer en el ejercicio de ese poder a los ciudadanos.

Frente al control de la información en  función de los intereses económicos de las empresas de medios de comunicación, la sociedad civil debe reaccionar apostando en forma directa por la consecución de cambios sustanciales y definitivos que contribuyan a formar una conciencia clara que evite la destrucción de la sociedad como comunidad de encuentro y solidaridad, a través de un modelo que garantice la libertad de expresión y erradique la manipulación de contenidos en perjuicio del ciudadano que asiste  inerme frente al mismo.

La responsabilidad de los medios de comunicación es de tal magnitud que puede afirmarse que de su uso adecuado depende el futuro de una sociedad que, queramos o no, es esencialmente mediática. En el mundo entero estamos viendo cómo la reacción popular está actuando  de forma revolucionaria. Es preciso oír al pueblo sin intermediarios ni interpretaciones que deformen la realidad que se está viviendo

Si la criminalidad organizada trata de minimizar los costos, tanto personales, como materiales, penales, policiales, empleando mecanismos subrepticios o violentos, para lograr un máximo de beneficio, el combate contra el crimen organizado, como se ha dicho, exige especialización y un cambio de mentalidad no solo institucional, sino personal, en el que no deben estar ausentes los ejemplos de vida y el compromiso de asumir responsabilidades personales y colectivas.

Baltasar Garzón Real (magistrado)

Seattle, 2 de abril de 2013